Una investigación chilena trae respuestas sobre contaminación lumínica en la Antártica
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Cielos Chile
schedule Jueves 27 de Agosto
Imaginemos por un momento la Antártica. La imagen por defecto es la de un territorio vacío y prácticamente sin intervención humana. Pero quienes trabajan ahí describen algo distinto: llegan barcos turísticos, algunos con cientos de pasajeros, y por un rato ese paisaje que imaginamos deshabitado se llena de gente, casi como un mall.
La realidad de la Antártica se distancia de la idea de “el último lugar prístino del planeta”, y en realidad, hoy el continente blanco enfrenta una presencia humana creciente con todo lo que eso implica, incluida la luz artificial.
La Antártica sigue imaginándose como un territorio deshabitado sin ciudades, sin autopistas y sin los símbolos que solemos asociar con la contaminación lumínica. Pero la luz artificial llega con las bases científicas que operan todo el año, la de los buques que navegan sus costas, y la de una actividad turística que ha crecido de forma sostenida en las últimas décadas.
Ninguna de esas fuentes es comparable en tamaño a una ciudad, pero todas inciden sobre un ecosistema que evolucionó durante millones de años bajo ciclos de luz y oscuridad completamente distintos a los del resto del planeta: meses enteros de luz continua, seguidos de meses de oscuridad casi total.
Un vacío de información que llevaba años sin resolverse
Los efectos de la luz artificial sobre ecosistemas marinos y terrestres ya están ampliamente documentados en el resto del mundo: se sabe, por ejemplo, cómo altera la orientación de aves migratorias o los ciclos reproductivos de distintas especies. Pero en la Antártica, ese conocimiento simplemente no existía. Nadie había estudiado cómo la luz artificial podía alterar los procesos biológicos de organismos adaptados a un ambiente extremo, con una relación con la luz natural que no tiene equivalente en ninguna otra parte del planeta.
Ahí nace Disrupting Polar Ecosystems: Light Pollution may alter the Ecological Effects of Global Warming, DIPOLE, un programa de investigación chileno financiado por la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) a través de su herramienta de Anillos de Investigación en Ciencia Antártica. Es, según sus propios investigadores, la primera vez que se estudia de manera integrada cómo la contaminación lumínica y el calentamiento global afectan juntos a los ecosistemas costeros del continente blanco.
“La Antártica ya no se puede entender como un ecosistema totalmente libre de la influencia humana. Hoy observamos cómo distintos estresores ambientales de origen antropogénico están actuando simultáneamente sobre la biodiversidad antártica, por lo que es urgente comprender cuáles son los efectos biológicos sobre el funcionamiento de estos ecosistemas australes”, explica el Dr. José Pulgar, director de DIPOLE y académico de la Universidad Andrés Bello.
Los fenómenos que se están investigando
DIPOLE no aísla la contaminación lumínica como un fenómeno independiente, sino que la estudia en conjunto con el calentamiento global, otro proceso que avanza con particular intensidad en la península Antártica, una de las zonas del planeta donde la temperatura ha subido más rápido en las últimas décadas.
El equipo combina trabajo de campo en ambientes intermareales y pelágicos con experimentos de laboratorio, evaluando cómo estos dos estresores, luz artificial y calor, afectan a macroalgas, invertebrados y vertebrados marinos, además de las interacciones ecológicas que sostienen a estos ecosistemas.
“Nuestro objetivo es entender cómo la luz artificial puede interactuar con el incremento en temperatura y generar respuestas que no podríamos predecir estudiando cada fenómeno por separado. De este modo, DIPOLE aportará evidencia científica sólida que permitirá anticipar los impactos de estos estresores y que además aportará al desarrollo de políticas públicas que fortalezcan las estrategias de conservación y gestión ambiental en el marco del Sistema del Tratado Antártico”, agrega el Dr. Pulgar.
Más allá del hielo
El desafío de fondo no es exclusivo de la Antártica. “Históricamente hemos asociado la luz con seguridad y progreso, pero pocas veces nos detenemos a pensar en sus efectos sobre el medioambiente. La evidencia científica demuestra que la iluminación artificial excesiva puede alterar procesos biológicos esenciales y afectar la biodiversidad. El desafío no es eliminar la iluminación, sino utilizarla de manera responsable e inteligente, conciliando las necesidades de las personas con la protección de los ecosistemas”, concluye el Dr. Cristian Duarte, subdirector de DIPOLE y también académico de la UNAB.
Es la misma convicción que guía el trabajo de Fundación Cielos de Chile en el territorio continental: proteger la oscuridad no depende del tamaño de la ciudad ni de la cantidad de gente que habite un lugar. Depende de reconocer que, incluso en el rincón más remoto e “vacío” del planeta, la luz artificial sin un correcto diseño tiene consecuencias.
Más información sobre DIPOLE en www.dipole.cl
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