Lo antinatural de temer a la oscuridad: Jacqueline Junge y la neuroiluminación 

Lo antinatural de temer a la oscuridad: Jacqueline Junge y la neuroiluminación 
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Cielos Chile

folder Contaminación Lumínica

schedule Jueves 27 de Agosto

Cofundadora de Neuroiluminación, creadora de la metodología N.A.D.A.R.© y formada en neuropsicología, Jacqueline Junge lleva tres años estudiando algo que rara vez se nombra en la conversación sobre contaminación lumínica: que le tememos a la oscuridad sin ninguna razón biológica que lo justifique.

“Cuando una persona es oscura”, dice Jacqueline Junge, “produce rechazo.” No habla de una persona real, sino de una expresión: en el español y en gran parte de Occidente, calificar a alguien de “oscuro” es sinónimo de mala intención. Es una asociación tan naturalizada que no la cuestionamos: la oscuridad como peligro, como lo que esconde algo, como lo que hay que iluminar para sentirnos seguros. “La oscuridad se usa mal porque se asocia a malas intenciones. Y eso no es correcto”, afirma.

Jacqueline lleva tres años trabajando desde este cuestionamiento. Es cofundadora de la iniciativa Neuroiluminación y del proyecto educativo NEUROILUM® junto al diseñador argentino Fernando Mazzetti un proyecto que cruza el diseño de la luz con la neuropsicología, y directora de ACADEMIADAC®, institución de formación continua para arquitectos y diseñadores. Creó N.A.D.A.R.©, un sistema de pensamiento que busca que cualquier proyecto de iluminación, desde el más básico al más demandante, sea una casa, una oficina o un espacio público, considere cómo la luz afecta realmente al sistema nervioso de quienes lo habitan. Su formación no viene de una universidad tradicional, sino de la psicología del nuevo humanismo y de años de estudio en neuropsicología.

NADAR: una metodología para no estandarizar

Esa formación coincidió con años dictando cursos de iluminación arquitectónica, hasta que un día de 2023 tomó el teléfono y llamó a Fernando Mazzetti, diseñador de iluminación argentino a quien conocía hace años. “Le digo: ¿qué posibilidad hay de que tengamos un nuevo emprendimiento que se llame neuroiluminación? Tu mirada desde el diseño, desde la luminotecnia, y mi mirada desde la neuropsicología.” Así nació esta iniciativa y el proyecto educativo NEUROILUM®, y con ella, una palabra que antes no existía.

Así luego surgió también su metodología propia N.A.D.A.R.©, el sistema de pensamiento que Junge desarrolló aplicable a cualquier proyecto mediante cinco criterios de verificación y cinco fases de diseño que integran Neurobiología y psicología, Adaptabilidad, Diversidad, Ambiente y Respuesta (medición y seguimiento posterior). Cuando se habla de contaminación lumínica, la conversación suele girar en torno a los cielos oscuros, la biodiversidad o el consumo energético. Junge aporta un ángulo distinto, menos discutido: el impacto directo de una mala iluminación sobre el sistema nervioso.

Uno de los ejemplos que además le preocupa es el flicker: luces que fallan y comienzan a parpadear de forma casi imperceptible para el ojo, pero que, según explica, alteran el funcionamiento neuronal, con efectos que se manifiestan con particular fuerza en personas con condiciones del espectro autista. Y a eso se suma el deslumbramiento urbano cotidiano: los muros cortina de vidrio de ciertos edificios que, al reflejar el sol de la tarde, encandilan a quienes conducen por la calle. “Todo eso es parte de contaminación lumínica. Entonces la contaminación tenemos que trabajarla desde la neuroiluminación para evitarla a toda costa”, señaló. 

¿Por qué le tenemos miedo a la oscuridad?

Otro eje central de la conversación con Junge es cultural: por qué, en Occidente, la oscuridad se asocia casi automáticamente con el peligro y las malas intenciones. Su hipótesis es que ese paradigma tiene raíces culturales y religiosas más que biológicas, argumentando que en otras tradiciones la oscuridad no carga el mismo peso simbólico negativo.

El costo de esa asociación dice, es alto: niños que crecen con miedo a salir de noche al jardín, adultos que llenan cada rincón de su casa con luz blanca las 24 horas, sin advertir que ese exceso también tiene consecuencias.  Para Junge, la oscuridad cumple una función biológica tan esencial como la luz del día: es el espacio en que el cuerpo entra en modo de reparación. “Para tener un sueño sano necesitas oscuridad”, explica, y agrega que ese mismo principio aplica a los momentos de introspección: sin ausencia de estímulo lumínico, es más difícil que el sistema nervioso “ordene” la información acumulada durante el día. “Esto ya no es un tema de que es románticamente bonito salir a la noche y ver las estrellas. Es importantísimo conectarte contigo y recuperar ese espacio para poder regularte”. 

Consultada por una recomendación general para cualquier persona sin conocimientos previos, Junge insiste en algo simple: observar cómo cada uno funciona respecto a la mañana, el día y la noche. Aprender lo básico de nuestro ritmo circadiano. Buscar luz natural y ventilación al activarse; evitar el deslumbramiento en horas de trabajo; bajar la intensidad hacia la tarde; y, sobre todo, escuchar al cuerpo antes que al reloj o a la culpa social por descansar “muy temprano”. “No es que tengamos que dormir más, tenemos que dormir mejor”, dice.

Esta conclusión conecta directamente con uno de los principios que Fundación Cielos de Chile ha insistido en instalar: el problema no es la cantidad de luz, sino su pertinencia. Jacqueline Junge vino a cuestionar algo básico: por qué le tenemos miedo a algo que, biológicamente, necesitamos tanto como la luz del día.

Su frase de cierre resume mejor que cualquier otra el espíritu de la conversación: “la luz es vida”. Para Fundación Cielos de Chile, esa mirada confirma una idea central de su propio trabajo:  proteger la oscuridad no es privarnos de algo, sino recuperar una parte de nosotros que hemos aprendido, sin razón, a temer.

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