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¿Por qué el 16 de mayo?
Ese día, pero en 1960, el físico e ingeniero Theodore Maiman logró por primera vez hacer funcionar un láser. Ese experimento, que parecía entonces una curiosidad científica, desencadenó una revolución tecnológica que hoy sostiene internet, hace posible la cirugía de precisión, permite la observación astronómica y alimenta fuentes de energía renovable.
La historia detrás de ese momento es tan humana como el descubrimiento mismo: Maiman tuvo nueve meses, 50.000 dólares y un asistente para lograrlo, en los laboratorios Hughes Research en California. Cuando terminó, envió un artículo de apenas 300 palabras a Physical Review, el cual fue rechazado. Lo publicó finalmente la revista Nature, y el artículo fue descrito por sus pares como uno de los más maravillosos que Nature había publicado en su existencia. El primer láser comercial llegó al mercado apenas un año después, en 1961.
La luz y la cultura
Antes de todo esto, la luz ya era un tema central de la experiencia humana. Ha tenido un impacto profundo en las artes visuales, las artes escénicas, la literatura y el pensamiento a lo largo de la historia: desde los pintores que estudiaron sus propiedades para capturar la realidad hasta los escritores que la usaron como metáfora del conocimiento y la verdad.
Estudiar la conexión entre luz y cultura a través del tiempo ofrece una comprensión más rica de cómo ciencia y humanidades se han influenciado mutuamente. Para la astronomía, esa conexión es especialmente vívida: el cielo nocturno ha inspirado cosmologías, calendarios, poesía y pintura durante milenios. Protegerlo es también proteger una fuente inagotable de cultura.
La luz y los Objetivos de Desarrollo Sostenible
Las tecnologías basadas en la luz contribuyen directamente a múltiples Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Oficina de Naciones Unidas (ONU), destacando su rol fundamental en el desarrollo sostenible y la cooperación científica internacional.
Algunas de dichas tecnologías, en materia de alimentación y agricultura, son los sensores ópticos y láser que permiten mapear suelos y guiar decisiones de riego (ODS 2); la terapia fotodinámica, la cirugía láser y la telemedicina han transformado el acceso a la salud (ODS 3); la energía solar fotovoltaica y las lámparas LED portátiles proveen electricidad limpia donde las redes convencionales no llegan (ODS 7); sistemas solares de purificación proveen agua potable en regiones áridas (ODS 6); radiómetros y sensores satelitales monitorean la radiación terrestre y las corrientes oceánicas para predecir el cambio climático (ODS 13); y la teledetección óptica permite proteger ecosistemas y biodiversidad a una escala antes imposible (ODS 14 y 15).
La protección del cielo nocturno también ha sido reconocida como un objetivo en sí mismo. El ODS 18, que se preocupa por la calidad del cielo y el acceso a la luz de las estrellas, identifica la contaminación lumínica, las interferencias de radio y las constelaciones de satélites en órbita baja como las principales amenazas a la calidad del cielo nocturno.
Hoy, el 85% de la población mundial vive bajo cielos contaminados. El acceso a la luz no es universal, y esa desigualdad tiene consecuencias concretas: la falta de iluminación limita horas de trabajo, priva a los niños de tiempo para estudiar y restringe el acceso a servicios básicos. Además, las redes de comunicación óptica sostienen los mecanismos de transparencia e institucionalidad que hacen posible la paz y la justicia, dando cuenta de que conectar personas es también una condición de la convivencia.
Cuando la luz se vuelve problema
Sin embargo, no toda luz es un aporte. La luz artificial mal diseñada genera uno de los problemas ambientales de más rápido crecimiento: la contaminación lumínica. Y su impacto recorre exactamente los mismos objetivos que las tecnologías basadas en la luz buscan proteger.
La contaminación lumínica altera los ciclos circadianos de las personas, afectando el sueño y la salud (ODS 3). Deteriora los ecosistemas nocturnos de los que dependen miles de especies de insectos, aves y mamíferos (ODS 14 y 15). Y representa un gasto energético innecesario que contribuye al cambio climático (ODS 13). En Chile, esta tensión es especialmente relevante. El país alberga algunos de los cielos más oscuros del planeta y concentra una parte significativa de la capacidad de observación astronómica mundial, siendo un patrimonio científico y cultural que la contaminación lumínica amenaza directamente. Por eso, desde 2022, Chile cuenta con el DS N°1, una norma lumínica que regula las emisiones de luz artificial en exteriores con el objetivo de proteger los cielos oscuros, la biodiversidad y la salud de las personas.
El 16 de mayo nos recuerda todo lo anterior. Que la luz es conocimiento, es herramienta, es patrimonio y es condición de equidad. Pero también nos recuerda que usarla bien importa, y que la diferencia entre luz que aporta y luz que daña está en cómo, cuándo, hacia dónde y en qué cantidad la dirigimos.
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